El crimen no paga

Entrevista con Adlas Ferreira, alias Adão, ex-lider del Comando Vermelho

A finales de noviembre 2010, los paracomandos invadieron Vila Cruzeiro, una favela que fue considerada como el bastión de los narcotraficantes. Unos meses antes estuve ahí con Nanko van Buuren de la ONG IBISS. Estaba en ese entonces muy impresionada por ese cartel de drogas fuertemente armado. En el 2012 Nanko me lleva de nuevo a Vila Cruzeiro, ahora para un encuentro especial con Adlas Ferreira, alias Adão, el anterior cabecilla del Comando Vermelho (CV), el “Comando Rojo”. A sus dieciséis años, Adlas entró en contacto con el CV en su favela, Vigária Geral, en el norte de la ciudad. Ahora tiene 47. Pasó 21 años en la cárcel más protegida de Rio. Desde febrero de este año es otra vez un hombre libre.

 

¿Cómo hizo usted contacto con el CV?

Adlas Ferreira: ‘Quería estudiar leyes, pero por mi carácter débil todo terminó de otra manera. De hecho, la desigualdad fue la verdadera causa. Un amigo mío estaba en el narcotráfico. Se vestía elegante, tenía una moto, y así empieza la tentación. Yo tenía una venda en los ojos, entonces caí y me volví parte del grupo. Al inicio mi tarea consistía en ayuda logística, manejaba autos con los cuales cometíamos ataques y asaltos. No queríamos robar a la gente que trabaja duro para ganar su pan, entonces hacíamos planes para asaltar bancos y robar autos pesados.

¿Cómo le hacía sentir todo eso?

Adlas Ferreira: Cada día creces en el crimen, así es la vida de un criminal. Con el dinero de los bancos comprábamos armas y drogas. Y esas drogas llevaban a otras actividades. Empezamos a secuestrar personas. Vas siendo cautivado por un mal que pone en marcha a una serie de otros crímenes que parece no tener fin. Se trata de dinero, poder y estatus, y eso avanza solo, hasta que llegas al límite: la cárcel o la muerte. Fui en esos años el número uno de los criminales brasileños más buscados, como Pablo Escobar en Colombia.

¿Cómo es ahora su mirada hacía ese tiempo?

Adlas Ferreira: En la cárcel pensé mucho sobre eso. Como madre llevas tu hijo durante nueve meses en la barriga, por años lo tratas de educar con dedicación, y a sus 15 años llega a casa con un paquete de marihuana. Pensé mucho sobre la miseria que he causado, porque yo vendía esa droga. No solamente destruí mi propia vida, sino también la de otros. Si la droga no hubiera estado tan a la mano, ese jóven de entonces tal vez hubiera escuchado mejor a su madre. Por mi culpa, esos jóvenes también se volvieron dependientes de tanta basura química, que destruyó tanto su mente como su cuerpo. Y los jóvenes son muy propensos a nuevas experiencias, es parte de la adolescencia. He destruido miles de vidas. ¿Pero por qué? Es una adicción.

¿Cómo vive usted ahora con esto?

Adlas Ferreira: Me di cuenta que tenía que tomar mi vida otra vez en mis manos y hacer lo contrario. Quiero dedicar el resto de mi vida a la orientación de jóvenes hacia el buen camino. Lo veo como una manera de penitencia y de petición de perdón a la sociedad. Quiero ser un ejemplo para otros, para que también rompan con el crimen. Fui uno de los líderes. Pero lo dejé atrás.

¿Cuál es su mensaje para los jóvenes?

Adlas Ferreira: Muy sencillo: ¡no empieces! El crimen no paga. Anhelas todo ese dinero, pero ¿qué importa? Si te apresan, o te matan, ya no significa nada. La libertad no tiene precio.

¿Cómo ha guardado usted la esperanza durante esos 20 años de cárcel?

 Adlas Ferreira:Un dicho brasileño dice: “la esperanza es lo ultimo que muere”. Si pierdes la esperanza, pierdes la lucha y el objetivo que te has propuesto. He tenido tiempos difíciles en la cárcel, pero en el curso de los años el sistema de la cárcel también ha cambiado. Los guardias de antes eran más violentos. Ahora deben respetar tu integridad física. Esa evolución es gracias a los trabajos de las ONGs. El preso tiene derecho al trabajo, a la higiene necesaria, al cuidado médico si lo necesita. También tiene el derecho de abrir su mente y desarrollarse. No hay mayor satisfacción que la de poder utilizar tus derechos. La idea de que algún día el guardia ya no iba a tener poder sobre mí y que disfrutaría de nuevo de todos mis derechos, esa noción me dio mucha fuerza. Por 20 años estuve muy envidioso de los derechos de los otros. Pero esa sensación ya se ha ido, estoy libre y es fantástico.

Mi sueño más grande es más igualdad en el mundo
¿Ha leído mucho en ese período?


Adlas Ferreira: Leí muchísimo, pero el libro que más me ayudó fue la Biblia. Aprendí cómo Dios y el amor de Jesucristo te apoyan en el cambio de tu personalidad y tu actitud. En todos estos años he experimentado un gran cambio como persona. Ahora tengo una gran sensación de agradecimiento.
Una de las cosas que me da una gran alegría son personas como ustedes, quienes creen en un mejor mundo. Un mundo solidario, un solo mundo. Personas quienes si observan la discriminación y la indiferencia. También creo en gente que se esfuerza por más igualdad en este mundo, para que nuestros niños hereden un mejor mundo. Realmente creo que el mundo puede cambiar y espero que nuestros hijos vean ese cambio. Mi sueño más grande es más igualdad. Es posible, si nos esforzamos por ella.

 

 

Después de la conversación con Adlas en Vila Cruzeiro, Nanko me lleva a Vila Aliança. El 4x4 entra por una calle con una barricada, pero Nanko la pasa y le saludan dos hombres jóvenes armados quienes cuidan la entrada. Manejamos hacia el campo de fútbol. Tres noches a la semana hay un partido aquí, organizado por Alexander, el trabajador comunitario de IBISS. En las colinas que rodean el campo leo “Dios está vivo” Hablamos un poco con las mujeres en la cantina y después vamos al bar local.
Observo los jóvenes a mi alrededor: tienen catorce, quince, diecisiete años. Algunos están muy traumatizados. Uno de ellos dejó la banda después de haber perdido 32 de sus compañeros durante una redada policial. A mi lado está sentado Vando, diecisiete, un jóven de apariencia muy esquiva. En el camino de regreso, Nanko me contará que su madre estaba en el cartel y era muy adicta. Un día cometió un error y la mataron enfrente del niño, la cortaron en pedazos y la dieron a los cocodrilos. El jóven fija la mirada y toma su limonada. ¿Qué podría ser más sanador que un círculo de amigos y un partido de fútbol para suavizar un poco esa herida incurable? Un poco más adelante, está sentado Iago, también diecisiete. No quería saber nada de los carteles, contrariamente a su madre quien era fuertemente adicta. Un día, su madre fue asesinada por el gran jefe. Después del incidente, Iago entró a la banda. A mi pregunta ¿por qué? no viene respuesta. Hasta que la policía organizó una redada en el barrio y el gran jefe fue arrinconado. Esa era el momento que Iago estaba esperando. Con un tiro preciso vengó el asesinato de su madre.
‘Necesitamos una revolución educativa que ofrezca educación a estos jóvenes’, escucho a menudo. ‘Es el camino al trabajo y a otra vida.’ Alan Brum, un líder juvenil en Vila Alianza, lo dice así: ‘En ningún otro lugar se encuentra tanto capital social, tanto empuje como en las favelas. La gente aquí desarrolló mecanismos para aguantar situaciones inimaginables. Esa elasticidad debe ser estudiada y usada para inspirar la política.’

 

 

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