60.000 presos políticos en condiciones de detención inhumanas

Al otro lado de los barrotes: las familias rotas del Egipto de al-Sisi

En Egipto, unas 60.000 personas están encarceladas por motivos poltícos. Viven en condiciones inhumanas y a menudo no tienen acceso a una atención médica digna. MO* ha hablado con sus familiares, aquí y en Egipto. ‘Se me está oxidando el cerebro, quiero mantenerme ocupado con algo’.

Noviembre de 2021. Es la primera noche fría en El Cairo. En la cafetería en la que suelo pasar la mayoría de mis tardes ya han aparecido los primeros jerséis. Un cliente trajeado se calienta las manos con el carbón del narguile. La pantalla que tenemos delante reproduce, por enésima vez, un partido de la Premier League.

No le presto atención al juego. En su lugar veo, con creciente perplejidad, un anuncio promocional en el móvil de un amigo egipcio. Las imágenes son una reminiscencia de la publicidad de los muchos complejos residenciales de lujo construidos a las afueras de la ciudad, en lo que antes era desierto, y que se han convertido en emblema de la presidencia de Abdelfatah al-Sisi.

Esta vez, sin embargo, el vídeo presenta un proyecto totalmente diferente: la construcción de un nuevo complejo penitenciario en Wadi el-Natrun, al noroeste de la capital. Bajo el eslogan ‘Una oportunidad a la vida’, el régimen egipcio promete unas instalaciones donde la rehabilitación de los presos es fundamental. Los convictos reciben talleres de pintura y aprenden artesanías que les preparan para la vida al salir de prisión.

En el vídeo los presos reciben visitas de sus familiares. Corren a encontrarse en los brazos del otro sin un atisbo de control de los guardias de prisión. Hay una imponente mezquita en el centro del complejo penitenciario, y se diría que se pueden ver las sonrisas despreocupadas de los reclusos, si no fuera porque todos llevan pulcramente puesta la mascarilla, para frenar el contagio de coronavirus dentro de la prisión.

Grandes promesas

Las promesas que aparecen en el vídeo están en claro contraste con las historias que he estado leyendo y escuchando sobre cómo trata Egipto a sus reclusos. Algunos ex presos y sus familias han dado testimonio de las torturas y las represalias políticas dentro de las prisiones. Miles de hombres y mujeres desaparecen de repente para reaparecer días, semanas o incluso meses más tarde en una celda policial. El derecho de los prisioneros a la visita de las familias y el derecho a la comunicación con el mundo exterior están cada vez más amenazados. La negligencia médica en las celdas ha costado la vida de muchas personas.

Estas nefastas condiciones en las prisiones se han visto, además, exacerbadas por los numerosos brotes de coronavirus dentro de los complejos penitenciarios, debido al hacinamiento carcelario y a la falta de higiene y ventilación.

‘La nueva estrategia de derechos humanos de Egipto no cambia nada en Egipto. Dejad de usarla como un ejemplo positivo de cambio’.

Desde el inicio de la presidencia de al-Sisi en 2014, el número de prisioneros en Egipto ha aumentado. Las autoridades se niegan a desvelar el número exacto, pero Naciones Unidas lo estima en 114.000, el doble de su capacidad para albergar prisioneros en las cárceles, que es de 55.000 personas. Defensores de derechos humanos dicen que por lo menos 60.000 de estos prisioneros son encarcelados por razones políticas, lo que ayuda a Egipto a ganarse el puesto 161 en el Índice de Libertad Humana, justo por debajo de Irán.

Al mismo tiempo que el lanzamiento del vídeo, el presidente Abdelfatah al-Sisi presentó al resto del mundo su nueva estrategia de derechos humanos en Egipto. La activista Mona Seif puso voz al sentimiento de escepticismo generalizado entre los defensores egipcios de derechos humanos en relación a las promesas de las autoridades egipcias frente al panel de derechos humanos del Parlamento Europeo, en octubre de 2021: ‘La nueva estrategia de derechos humanos de Egipto no cambia nada en Egipto… Está hecha solo para vosotros. Dejad de utilizarla como un ejemplo positivo de cambio’.

Los arrestos en masa están afectando a miles de familias. Decidí hablar con algunos amigos y familiares de presos, para intentar comprender mejor hasta dónde llega la crisis humanitaria en las celdas egipcias y las consecuencias para aquellos que están al otro lado de los barrotes.

El día en que Ahmed desapareció

Mi viaje comienza un mes antes, en una acogedora cafetería de Bruselas, donde me encuentro con Souheila Yıldız, antigua alumna y profesora de la Universidad de Gante. En el momento de nuestro encuentro, su compañero, Ahmed Samir Santawy, estudiante egipcio de antropología matriculado en una universidad austriaca, lleva encarcelado casi un año.

‘Nos unió nuestro amor común por la literatura árabe y el hecho de que los dos, de alguna manera, nos habíamos liberado de nuestras familias conservadoras’, recuerda Yıldız. Cuando le pregunto sobre su autor árabe favorito, sin dudarlo me responde ‘Ahmad, ¡por supuesto!’.

El 1 de febrero de 2021 marca la fecha de la desaparición forzada de Santawy. Este término se utiliza para describir el periodo en que una persona es retenida en un cuartel policial sin haber sido oficialmente detenida aún, dejando a la familia sin conocer su paradero. Durante este periodo, Ahmed fue sujeto a tortura, como informó más tarde Amnistía. Le golpearon y lo tuvieron con los ojos vendados.

Los agentes le interrogaron sobre su investigación acerca de los derechos reproductivos de la mujer en Egipto. Apareció cinco días después ante la Fiscalía Suprema de Seguridad del Estado de Egipto (SSSP, por sus siglas en inglés), la institución jurídica que se ocupa de investigar crímenes relacionados con la seguridad nacional.

‘Ahmed apenas era un activista. Solo tuvo la mala suerte de ser elegido por el régimen’.

Cinco meses más tarde, Santawy recibió una condena de cuatro años por ‘publicar noticias falsas que perjudican al Estado, sus intereses nacionales y el orden público y por difundir el pánico entre la población’.

© ShalabeyyaInmediatamente después, Santawy comenzó una huelga de hambre en protesta contra el veredicto, y, en consecuencia, lo metieron en una celda de aislamiento. Sus parientes y compañeros estudiantes iniciaron la campaña #FreeAhmedSamir, también protestando contra dicho veredicto que solo podía ser revocado a través de un indulto presidencial.

‘Ahmed apenas era un activista’, Hussein Baoumi, investigador de Amnistía, me cuenta en su oficina de Bruselas. ‘Solo tuvo la mala suerte de ser elegido por el régimen’.

El encarcelamiento de Santawy encaja con el clima general del gobierno de sospechar de los egipcios que estudian fuera, explica Baoumi. En un comunicado reciente, el Ministerio de Migraciones egipcio se ha referido a los egipcios que estudian en el extranjero como los más peligrosos del espectro, porque están en riesgo de ser corrompidos por las ideas foráneas.

Del mismo modo, Patric Zaki, un investigador copto de derechos humanos que estudia en Bolonia, fue arrestado un año antes y juzgado por cargos similares relacionados con la seguridad, por haber publicado entradas en su página de Facebook criticando las pobres precauciones anticovid de las prisiones egipcias. Zaki fue finalmente liberado en diciembre de 2021, sin embargo, su juicio sigue abierto, con lo que aún cabe la posibilidad de que sea condenado.

Horas tocando a la puerta de la celda

Las consecuencias del encarcelamiento masivo en Egipto se pueden sentir en cualquier parte de la sociedad egipcia. Especialmente en los círculos de activistas, todos conocen al menos a una persona que está o ha estado en la cárcel. Sin embargo, no es fácil encontrar información sobre qué es lo que realmente pasa dentro de las celdas de sus cárceles.

‘La censura y el control de la información sobre las condiciones de detención, las restricciones generales de acceso a las prisiones para los organismos independientes, y la intimidación a las familias de los prisioneros y activistas hacen difícil estimar el verdadero alcance de la crisis de derechos humanos en la cárcel egipcia’, explica Baoumi.

Además, ‘hablar de ello es peligroso para los expresidiarios y sus parientes. La mayoría de la gente tiene miedo. No entrevistamos a la gente en persona en Egipto, sino que utilizamos aplicaciones seguras por internet’.

‘Cada uno de nosotros está esperando la llamada en que nos digan que podemos recoger el cuerpo sin vida de nuestro pariente para que podamos enterrarlo en la oscuridad’.

La comida de prisión es un problema y los cuidados médicos son casi inexistentes, Baoumi describe la situación. ‘Los prisioneros, o bien sus familias, son los que tienen que ocuparse de sus necesidades básicas. Los prisioneros, en consecuencia, suponen una carga económica que muchas familias no pueden soportar, especialmente cuando el mayor sustento procedía de quien está entre rejas’.

Taher Mokhtar, ex preso y expresidente del Sindicato de Médicos de Alejandría, la segunda mayor ciudad de Egipto, habla como testigo de primera mano sobre la falta de apoyo médico. ‘Llevaría horas estar tocando a la puerta de la celda para conseguir una cita con el médico. Y si al final consigues antibióticos u otro tipo de medicamentos, normalmente no son suficientes para hacer un tratamiento completo’.

Las negligencias médicas han derivado en graves complicaciones de salud y, en algunos casos, incluso en la muerte. El destino del presidente destituido Mohamed Morsi lo dice todo. Después de seis años de encarcelamiento, finalmente sucumbió, a los 67 años, de un ataque al corazón en el tribunal.

Una declaración en Facebook del grupo Familia de Presos de la cárcel al-Aqrab (una asociación informal) refleja el miedo de los miembros de las familias a que sus seres queridos no sobrevivan a la cárcel. ‘Cada uno de nosotros está esperando la llamada en que nos digan que podemos recoger el cuerpo sin vida de nuestro pariente para que podamos enterrarlo en la oscuridad’.

Cartas como salvavidas

Entre la ciudad natal de Yıldız, Gante, y la prisión de máxima seguridad Tora (conocida también como al-Aqrab), donde Ahmed está detenido, hay más de 3000 km de distancia. Yıldız ha intentado en numerosas ocasiones pedir al gobierno belga que la ayude a conseguir un permiso para visitar a su pareja en la cárcel, pero ha sido en vano.

‘Se me está oxidando el cerebro, me siento aquí sin hacer nada. Quiero mis libros, quiero mantenerme ocupado con algo.’

Yıldız vive pensando en el 4 de cada mes, día en que, en principio, se le permite a Ahmed una visita de 20 minutos de un familiar. Normalmente ese es el momento en que se pasan los mensajes.

Las cartas de prisión son la única manera que tiene Yıldız de comunicarse con su novio y de saber por lo que está pasando. Eso también significa que la correspondencia de Ahmed se lee dos veces antes de que le llegue a ella: una por las autoridades de prisión y otra por la familia de Ahmed.

La Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) de Egipto ha restringido recientemente el derecho de Santawy de acceso a libros y a la comunicación en prisión. ‘Ahmed no está bien’, escribe Yıldız en una publicación en Facebook en diciembre de 2021. ‘Desde la última visita el 4 de noviembre, no le han dado ni libros ni cartas. Durante todo un mes tiene que estar en una celda de aislamiento, sentado mirando a una pared… El invierno es duro y la desconexión total del mundo exterior en una celda le hace sentir completamente solo. Me cuenta que las cartas son su cordón umbilical con el mundo, lo que le alivia un poco.’

‘Recuérdame. Yo estaba ahí. Yo estaba ahí, amigo mío’.

En otra carta escribe Santawy: ‘Se me está oxidando el cerebro, me siento aquí sin hacer nada. Quiero mis libros, quiero mantenerme ocupado con algo’.

Muchos otros prisioneros destacan la importancia de las cartas en prisión. ‘Necesitaba las cartas para seguir sobreviviendo’, me cuenta el ex preso político y escritor Abdel Rahman el-Gendy en una entrevista online.

‘No paraba de releer las cartas hasta que me las aprendía de memoria. Algunas incluso están hechas jirones de lo que las he leído. La tinta se ha difuminado por leerlas más de quince veces. Te gusta recordar que hay gente fuera que se está acordando de ti, porque empiezas a olvidarte de tus recuerdos, de que una vez estuviste fuera. Los recuerdos se desvanecen y empiezas a dudar. ¿He estado fuera alguna vez? ¿Nací dentro de la cárcel? Las cartas te ponen los pies en la tierra, te sirven de ancla. Recuérdame. Yo estaba ahí. Yo estaba ahí, amigo mío’.

Creatividad

Al contrario que Yıldız, la francesa Céline Lebrun-Shaath, esposa del activista egipcio-palestino recientemente liberado Rami Shaath, sí que consiguió un permiso para visitar a su marido en prisión tras las presiones hechas por su gobierno.

‘La comunicación requiere creatividad’, Lebrun-Shaath me cuenta en una entrevista por Skype. ‘A Rami le encanta la información. Cada mañana, lo primero que hace es calentar agua, fumarse un cigarro y ver o leer las noticias durante una hora. Lo mismo por la tarde’.

Mientras su marido estaba en la cárcel, consiguió colar tarjetas SD con largas grabaciones de voz que Rami podía escuchar con un lector que tenía escondido en su celda. ‘Le contaba cosas generales de mi vida, de lo que pasaba con nuestros amigos, y también de lo que estaba pasando en el mundo’.

Algunos familiares de presos me han enseñado pulseras, flores hechas de papel crepé, camisetas firmadas por todos los presos de una celda y masbahas (rosario musulmán) hechas de migas de pan secas.

‘Crear estos objetos en prisión es una forma de resistencia’, dice Aida Seif el-Dawla, directora del centro El-Nadeem para la rehabilitación de víctimas de violencia de Estado en Egipto. ‘¿Queréis aislarme? Pues no estoy aislado. Voy a resistir este aislamiento. Por supuesto, es también un consuelo para los miembros de la familia que están fuera. Tres veces he recibido un regalo de alguien que está en la cárcel, y es una sensación increíble’.

Muchos exprisioneros transforman sus experiencias a través del arte, como este acrílico sobre papel, por el pintor egipcio Yassin, 50x70cm.

Campaña internacional

Los casos señalados por las organizaciones de derechos humanos son solo la punta del iceberg. La mayoría de familias prefiere quedarse en silencio sobre su pariente encarcelado, por miedo a que el régimen se vengue de los encarcelados o de otros miembros de la familia si deciden hablar.

‘Es algo que tenemos que considerar’, admite Yıldız, ‘pero, al mismo tiempo, quedarse callado tampoco aporta nada bueno’.

Alude al trágico caso de Shady Habash, un joven cineasta que murió en su celda por las complicaciones derivadas de beber alcohol metílico. Las autoridades de prisión fracasaron en proporcionarle el tratamiento médico necesario. Su caso no fue tratado como una emergencia, sino que le dieron un antiemético y lo mandaron de vuelta a su celda, donde murió por las complicaciones no atendidas.

‘Su familia no quería montar un escándalo sobre su encarcelamiento y esperaron en silencio a que lo soltaran. Quizá si la comunidad internacional hubiera sabido lo que estaba pasando, las autoridades de prisión habrían sentido más presión para suministrarle el tratamiento necesario’.

Yıldız cree que la atención de los medios de comunicación ha conseguido mejorar la situación de Ahmed. ‘Hay unos cuantos miles de prisioneros, pero como no se sabe, se olvidan. Así que el silencio no resuelve nada. Puede que puntualmente sea un poco peor para el prisionero, pero creo que a largo plazo hace que su situación mejore’. ‘Oímos de algunos que están encerrados con otras 20 o 40 personas en la misma celda. Ahmed por lo menos tiene una celda decente, que comparte con otros dos presos políticos’.

Una revolución borrada

Para entender mejor cómo afecta el encarcelamiento a los parientes de los presos, decido viajar a El Cairo. Aterrizo en un lugar donde la política parece haber sido expulsada de la esfera pública. Prácticamente todos los indicios de la revolución de 2011 han sido eliminados. Solo algunos grafitis en el recinto de la Universidad Americana de El Cairo me recuerdan lo que una vez fue un largo mural en honor a los mártires de la revolución.

‘Esos insultos son lo primero que te hacen en la cárcel. Te obligan a que te insultes a ti mismo. Intentan quebrar tu autoestima’.

Cuando paso por delante de una sucursal vacía de los grandes almacenes El-Tawhid & El-Nour, un amigo observa que la cadena – como muchas otras-, tuvo que cerrar. Su dueño, Sayed el-Sewerky, fue arrestado por supuestamente financiar un grupo terrorista (léase: los Hermanos Musulmanes).

Según Human Rights Watch, la detención de hombres de negocios como él ‘muestra cómo el gobierno está usando la viciada ley antiterrorista para castigar a hombres de negocios con éxito que se niegan a ceder su propiedad al Estado’, propiciando, en consecuencia, que el Ejército tenga un mayor control de la economía egipcia.

En otro momento me siento en una terraza a beberme un zumo de caña de azúcar con un amigo, cuando de pronto se nos acerca un hombre tirándose violentamente de su larga barba. ‘Soy un idiota’, grita, ‘¡No valgo nada!’. La policía llega al lugar y con una discreta determinación le indican al hombre que se vaya de la plaza.

‘Es obvio lo que le ha pasado al tío’, mi amigo me cuenta después. ‘Esos insultos son lo primero que te hacen en la cárcel. Te obligan a que te insultes a ti mismo. Intentan quebrar tu autoestima. ¿Entiendes por qué ya no quiero hablar más de política, que prefiero hablar de las criptomonedas que de política…?’.

Las leyes no escritas del encarcelamiento

Anticipándose a nuestra reunión, mi siguiente entrevistado, Mohamed Lotfi, Director de la Comisión Egipcia de Derechos y Libertades (ECRF, por sus siglas en inglés), me manda un documento con 100 nombres de presos políticos, con la intención de dar al lector una idea de los perfiles encarcelados por el régimen.

Me desplazo por el archivo en silencio mientras los escalofríos me recorren la espalda. En el documento hay figuras políticas y sus afiliados, como Anas Mohamed el-Beltagi, hijo del líder de los Hermanos Musulmanes Mohamed el-Beltagi; o Israa Abdel Fattah, periodista y miembro fundador del Movimiento Joven 6 de abril, que tras haber sido arrestada fue apaleada y torturada para que revelara la contraseña de desbloqueo de su teléfono. Hay también miembros de organizaciones de derechos humanos, sindicalistas, artistas y académicos.

Al final del archivo está el objetivo más reciente de la NSA: las víctimas de la salvaguardia de los valores y la moral, como Hadeer Hamd y Noura Hesham, ambas de 23 años, conocidas como las ‘chicas Tiktok’, encarceladas por ‘violar los principios de la familia y los valores de la sociedad egipcia’.

Parece que hay un hilo conductor que conecta casi todos los casos. No paran de aparecer las mismas tres acusaciones: ‘Pertenencia a un grupo terrorista’, ‘Difundir noticias falsas que dañan la seguridad del Estado’ y ‘Uso inadecuado de las redes sociales’. Además, muchos de los encarcelamientos van precedidos de una desaparición forzosa que dura de semanas a meses.

La duración de la detención a menudo se alarga por el procedimiento de tadwir, o rotación, justificada por otras denuncias existentes o recién creadas contra el detenido. Una vez que un caso se cierra, el detenido es retenido en custodia para ser juzgado por un caso nuevo. La mayoría de los detenidos sufren torturas u otras formas de trato inhumanas y degradantes, además de una política constante de negligencia médica. Al final, a muchos prisioneros se les niega el derecho a las visitas de la familia u otras maneras de contacto con el mundo exterior como castigo.

Me encuentro con Mohamed Lotfi en un barrio tranquilo de El Cairo. Su oficina derrocha sobriedad. Las paredes están vacías. Hay un escritorio marrón de madera y dos sillones para recibir invitados que a duras penas llenan la mitad del espacio. ‘Tuvimos que trasladar las oficinas después de que la policía entrara dos veces a registrar, una en 2016 y otra en 2017’. Lotfi me explica su falta de interés por la decoración.

La asociación de Lotfi ha sido objeto de varias detenciones. En el momento de la entrevista, todavía hay empleados que están entre rejas. Su investigador sobre el derecho a la vivienda, Ibrahim Izeddeen, estuvo desaparecido durante 167 días. Fue torturado en una ubicación desconocida y finalmente reapareció en manos del Estado para, a continuación, ser acusado por la Fiscalía de Seguridad del Estado de pertenecer a un grupo terrorista y de difundir noticias falsas. La misma letanía, una y otra vez.

‘Las autoridades hacen llegar a la sociedad el mensaje de que si abren la boca, podrían acabar en la misma situación’.

A lo largo de los años, las circunstancias para las asociaciones como la ECRF se han deteriorado gradualmente. En 2019 el parlamento promulgó una nueva ley de ONG que exige a todas las organizaciones que estén oficialmente registradas para enero de 2023, y que sus actividades estén monitoreadas por el Estado, una concesión que muchas organizaciones no están dispuestas a realizar.

‘La primera ola masiva de arrestos fue en 2013’, me cuenta Mohamed Lotfi, ‘cuando al-Sisi empezó a reprimir a los seguidores del presidente depuesto y a los miembros de los Hermanos Musulmanes’. Con el tiempo se amplió el foco a liberales, socialistas, panarabistas y a otros políticos no islamistas.

‘La comunidad internacional solo quiso darse cuenta de esta verdad aplastante con la muerte de Giulio Regeni en enero de 2016’, comenta Mohamed. Giulio era un estudiante italiano de doctorado que llevaba a cabo una investigación sobre sindicatos egipcios independientes, un tema sensible en el país. Fue secuestrado, torturado y asesinado. En octubre de 2021, un tribunal en Roma abrió el juicio contra cuatro agentes de policía, en ausencia, acusados de ser responsables de su asesinato.

‘Uno no puede subestimar los efectos que el encarcelamiento masivo tiene sobre la sociedad egipcia’, opina Mohamed. ‘Hay miles y miles de prisioneros. Eso significa miles y miles de familias, amigos, compañeros y conocidos de prisioneros que conocen la gravísima situación, y que piensan que es injusta. Así, las autoridades hacen llegar a la sociedad el mensaje de que si abren la boca, podrían acabar en la misma situación’.

La maldición de Laila Soueif

Si la oficina de Mohamed estaba situada en un barrio expecionalmente tranquilo de El Cairo, ahora me encuentro con Mona Seif en el vibrante barrio de Doqqi. Mona es descendiente de los Seif, una familia de activistas liberales que se han estado oponiendo al régimen egipcio desde los tiempos de Sadat (presidente egipcio que fue asesinado en 1981).

Seif me está esperando con una sonrisa contagiosa y con la perra de su hermana, Toka. Cuida de ella mientras su hermana Sanaa espera a ser liberada en la cárcel de mujeres Qanatir. La secuestraron en un minibús enfrente de la estación de policía en donde estaba haciendo una sentada en protesta por las nefastas condiciones de prisión de su hermano Alaa Abdel Fatah.

Su hermano Alaa está considerado como uno de los activistas liberales de más alto perfil en Egipto. En 2021 fue publicado su libro You have not yet been defeated (Todavía no os han vencido), una compilación de sus discursos políticos, artículos y tuits. Desde 2011 ha pasado más tiempo dentro de la cárcel que fuera. También su padre, el difunto Ahmed Seif, estuvo una vez en prisión por sus ideas políticas, aunque con otro presidente.

Le pregunto a Mona Seif si le asusta que un día le llegue el turno de ser encarcelada. ‘He estado asustada y lo sigo estando, pero la cárcel no es mi mayor miedo. Mi peor pesadilla es parte de lo que está pasando ahora mismo’. ‘Tenemos esta broma en la familia’, me cuenta, ‘de que estoy sufriendo ‘la maldición de Laila Soueif’’. En los 70, cuando arrestaban a todo el mundo, la madre de Mona era una de las pocas que se libró. Se quedó fuera con la carga de cuidar de sus amigos y familiares encarcelados.

Según Mona, el encarcelamiento de sus hermanos ha cambiado las dinámicas de la familia. ‘Hay veces en que Alaa siente que no entendemos por lo que está pasando, y hay veces que yo siento lo mismo. Alaa no se ha visto en el lugar de la familia del lado externo de los barrotes. Lo liberaron muy poco tiempo cuando mi padre murió. Fuimos a visitar a Sanaa a la cárcel y Alaa dijo que él no podía hacerlo’.

‘El régimen es masculino’

Mona Seif, Souheila Yıldız, Céline Lebrun-Shaath: parece que el duro trabajo de cuidar a los parientes encarcelados recae normalmente sobre las mujeres de la familia. ‘El régimen es masculino’, explica Mona Seif. ‘Cuando se trata de prisioneros políticos, se asume que a las mujeres no hay que tomárselas en serio. A veces, es una ventaja’.

Sin embargo, esta dinámica está cambiando, según Mona. Recuerda cuando ella, su madre y su hermana recibieron una paliza de un grupo de mujeres en frente de la cárcel Tora, cuando exigían que se les entregara una carta que Alaa había escrito. ‘El régimen pasándose de la raya de nuevo. Antes se creía que las mujeres estábamos ligeramente más protegidas durante las visitas o la tabliyya (entrega de cosas necesarias para los presos). Pero claro, contrataron a mujeres para hacer el trabajo’.

En el momento de la entrevista, Alaa Abdel Fattah está encerrado en la prisión de máxima seguridad Tora; toda una ‘suerte’, ya que está situada dentro de la Gobernación de El Cairo. Algunos presos pasan su encarcelamiento muy lejos de sus familiares, como los de la prisión New Valley en Wadi Kharga, bien adentrada en el desierto occidental. Los 600 kilómetros que la separan de la capital hacen que las visitas y la tabliyya se hagan aún más complicadas y caras.

Mona Seif me hace un recorrido mental por lo que sería una típica visita en prisión, aunque la palabra ‘típica’ difícilmente parece adecuada para el contexto egipcio de la cárcel. En el momento de la entrevista, a Mona no le han permitido visitar a sus hermanos desde hace muchos meses.

‘Estoy segura de que graban nuestras visitas’.

‘En la puerta de la cárcel, primero entregamos los carnés de identificación, las cartas y un papel con la lista de cosas que le hemos traído a Alaa. Cada vez que le llevamos algo tiene que ser autorizado por alguno de los ‘de arriba’ de la Seguridad del Estado’.

‘Normalmente nos quedamos en la puerta desde las 10h de la mañana hasta que nos dejan entrar, que suele ser sobre las 15h o las 16h. Ese día es un día perdido’. Las familias que están lejos de donde están sus parientes encarcelados pierden incluso más días. El ex preso Taher Mokhtar, antiguo miembro del Sindicato de Médicos de Alejandría, me había contado cómo su familia perdía 3 días para una visita, pues tenían que viajar desde la ciudad mediterránea de Marsa Matruh hasta El Cairo cada vez.

‘Las visitas a Alaa tienen lugar en un edificio con pequeñas cabinas que parecen aseos. Se entra por una puerta pequeña de doble cristal, a veces hay una silla y un ventilador pequeño. A Alaa lo traen por el otro lado del cristal y un agente viene y le entrega el teléfono. Estoy segura de que graban nuestras visitas’.

Baba y Dodo se esconden de un león

‘El acoso, incluso acoso sexual, es un problema para los visitantes. Hay como un elemento de clasismo. Si tienen la sensación de que eres de una clase social ligeramente más alta, tienen algo más de precaución’. ‘En muchas prisiones, si untas a los de la puerta, no te acosan ni te buscan’. Lo malo: que los sobornos hacen que la carga monetaria de las visitas sea todavía más grande.

‘Una visita cuesta, en general, unos miles de libras egipcias. Es por eso que a menudo los prisioneros tienen menos visitas, porque son demasiado caras. Tenemos muchísimo apoyo económico de amigos y familia. Sinceramente, no sé cómo las familias con menos contactos lo hacen’, dice Seif.

‘Cuando no hay dibujo para Dodo (el apodo de Khaled), sabemos que Alaa no está bien’.

De repente se le ilumina la cara. ‘¡Tengo algo para enseñarte!’. Rápidamente se levanta y se va. Toka, que había estado perezosamente encima de la mesa entre mi hospedadora y yo, salta al suelo y sigue a la hermana de su dueña hasta uno de los dormitorios de la casa familiar. Oigo que ladra y al momento reaparece Mona, radiante, en el salón. En sus brazos una pila de papeles.

‘Estas son solo las que mi madre guardó aquí. Hay muchas más en la otra casa’. Mona deja las cartas en la mesa y saca una al azar de entre la pila, después se ríe. ‘En esta pone: Baba y Dodo escondiéndose de un león detrás de un baobab’.

Me enseña un dibujo que ilustra la frase y me cuenta que su hermano normalmente le dibuja algo a su hijo Khaled en la parte de atrás de las cartas. Es su manera de comunicarse con su hijo, diagnosticado con autismo no verbal. ‘Cuando no hay dibujo para Dodo (el apodo de Khaled), sabemos que Alaa no está bien’.

En el otro lado del papel, Alaa Abdel-Fattah ha escrito una carta para los adultos. ‘Hola mamá’, Mona me traduce. ‘Como siempre te escribo una respuesta sin que me haya llegado tu carta. Estoy respondiendo a tu carta de enero y a la de febrero, pero seguramente voy a parar pronto porque hace viento y hace frío y quiero volver a meterme bajo la manta’.

La mujer del nicab negro que avergonzó al presidente

Después de que el ejército depusiera a Mohamed Morsi en 2013, fueron a por sus seguidores. En agosto de ese año, por lo menos 900 simpatizantes de Morsi fueron asesinados cuando las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra las sentadas de la plaza Rabaa al-Adawiya y la plaza al-Nahda.

Muchos miembros de los Hermanos Musulmanes, partido al que estaba afiliado Morsi, fueron encarcelados. En los años siguientes, la organización fue exterminada. A pesar de que este grupo ha sufrido la peor de las represiones bajo el gobierno militar, sus miembros encarcelados han sido infravalorados por los medios de comunicación occidentales, que parece que prefieren informar de los llamados prisioneros liberales.

Es casi imposible hablar de miembros de los Hermanos Musulmanes en Egipto. Solo mencionar el nombre de la organización en público puede causar sospechas. En lugar de eso tengo una videollamada con Omar Sweikh, que huyó a Turquía tras su puesta en libertad.

La familia Sweikh está estrechamente relacionada con las acampadas pro Mursi y ha pagado un alto precio por ello. En su característico estilo lacónico, Omar Sweikh me relata cómo se vengó el régimen tomando como objetivos a los miembros de su familia uno por uno. Primero Omar y su hermano desaparecieron. Los dos sufrieron severas torturas y fueron violados por guardias de prisión.

Cuando el hermano de Omar le contó lo sucedido en una carta a su madre, decidió que no se quedaría callada. Contactó con varios medios de comunicación y leyó fragmentos de la carta de su hijo en Al Jazeera.

La campaña que sobrevino se convirtió en noticia en el mundo entero. ‘Hablaban de ello en el Congreso de Estados Unidos y en el Parlamento Europeo. Cuando alguien de Estados Unidos visitaba Egipto en ese momento, hablaban de mi madre y de mi hermano. Se montó un gran escándalo’.

Con sus apariciones en televisión, en las que siempre vestía un nicab negro, la madre de Omar Sweikh consiguió algo que muy pocos habían conseguido hasta entonces: avergonzar al presidente egipcio frente a sus aliados occidentales.

‘Mi madre tiene diabetes y acababan de operarla del estómago antes de que se la llevaran’.

La represión llegó poco después. Omar Sweikh ya había huido a Turquía para entonces. ‘Entraron en nuestra casa en El Cairo mientras hablaba con mi madre por teléfono. De repente colgó. Yo pensé que había algún problema de conexión. Dos minutos más tarde mi hermana me llamó diciendo que estaban en la casa. Cogieron a mi madre, a mi hermana de dieciocho años y a mi padre. Dejaron a mi hermano pequeño solo en casa’.

‘Mi madre tiene diabetes y acababan de operarla del estómago antes de que se la llevaran’, Sweikh me cuenta con lágrimas en los ojos. ‘Necesita mucha medicación para seguir viva pero desde que la arrestaron no le han permitido ninguna visita’.

‘No sabemos si las medicinas que le mandamos le están llegando, ni tampoco el dinero ni la comida. No sabemos nada de ella excepto que está viva, porque hace diez días apareció ante el tribunal’.

‘El sufrimiento no se detiene en las puertas de la cárcel’

De niña, Aida Seif el-Dawla pasó meses con un tío suyo fugitivo que se había escapado de la cárcel con Nasser. ‘Mis padres tenían miedo de que hablara de él si alguien venía a la casa, así que nos encerraron en la misma habitación’.

En esa habitación es donde se plantaron las semillas del activismo de Aida. Su tío no decía palabra, pero de algún modo construyeron una conexión.

A través de su trabajo como psiquiatra y como jefa del Al-Nadeem Centre for the Rehabilitation of Victims of State Violence, Aida Seif está en contacto a diario con familias traumatizadas por la experiencia de prisión. Me pinta un paisaje desolador de la vida en familia tras la puesta en libertad.

‘El sufrimiento no se detiene en las puertas de la prisión’, me cuenta en su salón en El Cairo. ‘Al principio, por supuesto, está la felicidad de la reunión, pero después hay tantos vacíos por rellenar, tantas nuevas reglas que aprender, tantas expectativas. Y también está el hacer las paces con el hecho de que las familias hayan sobrevivido sin ellos. Es un castigo para ambos, las familias y los presos’.

Muchos expresidiarios tienen que lidiar con problemas de salud mental causados por el trauma. ‘Podemos encontrar todos los casos del espectro de los desórdenes de ansiedad, desórdenes afectivos como la depresión y en algunos casos desórdenes del sueño, del apetito, desórdenes sexuales y la confianza en las personas se ve alterada, incluso la confianza en las personas más cercanas’.

‘Muchos de mis clientes se sienten culpables de haber salido mientras sus amigos siguen dentro.’

La prisión tiene como objetivo romper la voluntad del preso, según Aida Seif el-Dawla. ‘Hay una falta de lógica en prisión. Todo depende de este agente o del otro, de este juez o de aquel, ya sea que te quedes en prisión o que seas liberado, que recibas visitas o no. Lo mismo para el tratamiento médico’. ‘Los islamistas de la prisión de alta seguridad Tora no han recibido visitas durante años. A las personas como Alaa se les niegan los libros, incluso de la biblioteca de prisión. Experimentan un aislamiento total. Incluso cuando transportan a Alaa al juicio, lo llevan en un furgón, solo’.

‘Y después está lo que llamamos ‘culpabilidad del superviviente’. Muchos de mis clientes se sienten culpables de haber salido mientras sus amigos siguen dentro’.

‘Hay una intimidad curiosa en la cárcel. Compartes historias, recuerdos, puedes venirte abajo y llorar frente a tus compañeros de celda. Puedes discutir con ellos, pero en frente de un agente de policía estáis unidos. Es una frase casi copiada que me repiten muchos, que se han dejado una parte de ellos mismos dentro’. ‘Algunos sienten que no pueden ser entendidos por alguien que no haya tenido la misma experiencia. Y es verdad. No pueden imaginarse esto’.

El dragado versus los derechos humanos

En enero de 2013, la administración Biden anunció que retenía 130 millones de dólares de ayuda militar destinada a Egipto, por razones relacionadas con los derechos humanos. Esto prueba que la comunidad internacional tiene las herramientas para golpear al cada vez más autoritario régimen egipcio donde más le duele. Sin embargo, el uso de esta presión ha sido limitado, principalmente porque occidente ve en el régimen de al-Sisi un aliado para frenar la migración ilegal y el terrorismo internacional.

François Cornet d’Elzius, embajador de Bélgica en Egipto, lo dice abiertamente: ‘Somos un poco hipócritas. […] Tenemos mucho que perder, especialmente intereses económicos’. Su declaración sigue con una lista de los contratos más importantes de compañías belgas con Egipto, incluyendo el dragado del Canal de Suez por DEME, la construcción del nuevo Gran Museo Egipcio por BESIX y contratos que involucran al puerto de Amberes.

‘Hay un consenso a regañadientes entre los diplomáticos para dejar que al-Sisi continúe su rumbo mientras haya progreso en infraestructuras y obras públicas.’

En la pregunta sobre si existen también contratos de tipo militar el embajador es más cauteloso. ‘Hay actividad’, constata. Corta ahí la frase, diciendo que la información es de naturaleza sensible y que no quiere continuar hablando de ese tema.

‘Bélgica quiere estabilidad para el comercio y el control de la migración. Al-Sisi salvaguarda estos intereses’. Además, ‘hay un consenso a regañadientes entre los diplomáticos para dejar que al-Sisi continúe su rumbo mientras haya progreso en infraestructuras y obras públicas’, concluye el embajador, añadiendo que ‘el gobierno [egipcio] está haciendo un verdadero esfuerzo por la coexistencia pacífica entre musulmanes y coptos en el país, así como por los derechos de la mujer’.

Parte del trabajo de la misión diplomática de Bélgica es presionar para que se respeten los derechos humanos en el país y representar a los ciudadanos belgas en Egipto. Me quedé pasmado cuando me di cuenta de que el embajador no se había acordado del nombre de Souheila, una ciudadana belga a la que se supone que él representa y que tenía la promesa del Ministerio de Asuntos Exteriores belga de que se haría presión para que Ahmed fuera puesto en libertad.

El embajador sí que añadió que la embajada ‘utiliza toda oportunidad que puede para decir que estos elementos (el caso de Ahmed Samir Santawy) causan enorme daño a la relación belga-egipcia’.

Cartoon por Shalabeyya​​​​

Buenas noticias esporádicas

Al volver de la embajada paso por delante de la comisaría de policía de Abdeen, en el centro de El Cairo. Es una tarde de domingo y la noche ha caído sobre la ciudad. En silencio miro los grupos de personas diseminados esperando en la entrada, en sus manos, bolsas de plástico con lo que parece ser comida. ¿Serán familiares intentando hacer llegar cosas básicas a algún pariente? Preguntarles sería imprudente. En su lugar, paso por delante de ellos, sintiendo en sus ojos el cansancio.

‘Es triste que, últimamente, las únicas buenas noticias que vienen de Egipto son sobre gente que sale de prisión’.

Cuanto más conozco de la situación presidiaria de Egipto, más claro se me hace que las familias también están presas junto con sus parientes detenidos. Sus vidas están dictadas por las dificultades económicas, la marginación social y una lucha continua por que se respeten los derechos constitucionales de los presos, como las visitas y la atención médica.

‘Es triste que, últimamente, las únicas buenas noticias que vienen de Egipto son sobre gente que sale de prisión’, el investigador de Amnistía Hussein Baoumi me cuenta en un café a mi regreso a Bruselas.

El 8 de diciembre de 2021 el investigador egipcio Patrick Zaki fue liberado tras haber pasado más de 20 meses en custodia. Más tarde, ese mismo mes, le siguió Sanaa Soueif. En Twitter vi las fotos de su reencuentro con su perra Toka. A principios de este año, también el marido de Céline Lebrun-Shaath, Rami, fue liberado tras más de 900 días detenido, con la condición de que renunciara a su nacionalidad egipcia. El 30 de julio terminó la pesadilla de Ahmed Samir Santawy y su familia, después de que al-Sisi les concediera el perdón presidencial a él y a dos de sus compañeros de celda. Él, no obstante, sigue sujeto a una prohibición de viaje.

La alegría que estas familias comparten en las redes sociales es contagiosa. Sin embargo, uno no puede evitar pensar en los otros miles de detenidos y sus familias, que siguen esperando el día en que puedan empezar a recuperarse.

Laila Soueif, madre de una familia de activistas, lee una carta de prisión de su hijo Alaa. La perra de su hija encarcelada Sanaa, Toka, le hace compañía.

 

‘Cuando no hay dibujo para Dodo, sabemos que Alaa no está bien.’

Cada semana, Laila Soueif lleva cosas básicas a la cárcel, pero no todo lo autorizan. Esta vez volvió con cartas, ropa, un móvil, un tablero de ajedrez y libros.

Laila Soueif señala una radio de bolsillo que no permitieron entrar en la puerta.

Detalle de los objetos no autorizados en la puerta de la cárcel: bolsas de basura, un iPod, un tensiómetro, un reloj. Abajo, el libro con textos de Alaa que salió en octubre de 2021.

Sanaa, la hija de Laila, había tejido esta funda de iPod para su madre.

Laila Soueif se sienta en la mesa de la cocina, rodeada de las cartas de su hermana e hijo encarcelados. Su familia es solo una de las miles de familias rotas por el régimen represor del general al-Sisi.

‘Esta casa lleva ya mucho tiempo vacía’

Este artículo trata un tema muy sensible. Muestra coraje el hecho de que las personas que lo protagonizan quisieran hablar de este tema. Muchos de ellos ya no viven en Egipto y no tienen intención de volver mientras el presidente al-Sisi siga en el poder. Aquellos que aún viven en el país y que han prestado su testimonio, como los miembros de la familia Soueif, Aida Seif el-Dawla y Mohamed Lotfi, parecen haber asumido su destino como miembros de la oposición perseguida. El encarcelamiento pende sobre sus cabezas como la espada de Damocles. Todo lo que les cabe esperar es que sus redes disuadan al régimen, por miedo a un escándalo internacional.

Mi pasaporte belga me ofrece una protección privilegiada, pero publicar mi nombre probablemente supondría ser vetado de entrada a Egipto, un país y una sociedad que he llegado a amar. Es por ello que he decidido mantenerme en el anonimato.

Este artículo ha sido realizado gracias al apoyo del Fonds Pascal Decroos voor Bijzondere Journalistiek.

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