Retrato de una comunidad que (todavía) no lo es

Venezolanos recién llegados a Amberes: ‘La mayor amenaza para un inmigrante es su propio compatriota’

© Arne Gillis

Uno de los pocos locales de Amberes que atiende específicamente a los venezolanos se llama Arepa Culture, en el corazón de la ciudad.

Desde el desastroso año 2017, se calcula que 5,6 millones de venezolanos abandonaron su país, y exactamente 223 de ellos eligieron Amberes como su nuevo hogar el año pasado. También encuentran trabajo en el circuito ilegal: ‘El trabajo sexual es la única forma de ayudar a mi familia en Venezuela por ahora.’ Y aunque huyeron de la misma crisis en la patria, hay poco sentido de comunidad. Ya saben lo que dicen, ¿no? La mayor amenaza para un inmigrante es su propio compatriota’.

El Groenplaats de Amberes, donde hemos acordado reunirnos, está bañado por un frío húmedo. El clima belga hace máxima justicia a su reputación. Como sombras anónimas, algunos transeúntes atraviesan la plaza, bajo el bronce de Rubens, y doblan la esquina del hotel Hilton lo más rápido posible. Incluso el grupo de personas sin techo, que suele ser habitual en la estación de metro de la plaza, no aparece en este día de marzo.

Jhosep* (seudónimo) no deja que eso le afecte. ‘Sabías que esta plaza es uno de mis lugares favoritos de Amberes?’, no espera una respuesta real. Reflexiona. Y cuenta.

‘En Venezuela ya no se ven ancianos caminando por las calles. Se sientan dentro y tienen miedo’.

‘Me encanta mirar a la gente aquí. Especialmente los ancianos me fascinan. Me encanta su actitud despreocupada. Se toman el café tranquilamente. ¿Te has fijado alguna vez en la despreocupación con la que utilizan sus smartphones? En Venezuela ya no se ven ancianos caminando por las calles. Se quedan adentro y tienen miedo.’

‘Amor’ está tatuado en letras finas en el cuello de Jhosep, apenas visible entre el cuello de su abrigo y una máscara bucal. ‘Amor’. El texto no miente. Una vida llena de amor ha conocido este hombre, durante 27 años.

Amor por su patria Venezuela, recreada en un infierno para los que se quedaron. Amor por su madre, una de las desdichadas, con la que sigue llamando por teléfono todos los días. ‘Bendiciones, mami’, concluye la conversación, una y otra vez. La traducción de esa palabra al neerlandés, ‘bendiciones’, llega con bastante profanidad al oído de un neerlandófono.

Quiero preguntarle si es católico como muchos de sus compatriotas, pero al final lo olvido. Con Jhosep como interlocutor, se pasa de una sorpresa a otra. Es un hombre de muchas caras. Tan melodiosamente como se despide de su ‘mami’ por teléfono, tan excéntrico es el pasado de Jhosep.

El paraíso del hambre y de la sangre

En 2017, la mayoría de los venezolanos no pudieron aguantar más. El gobierno del presidente Nicolás Maduro se vio acorralado por su propia mala gestión económica y detuvo a toda una serie de opositores en enero de ese año. Un llamado al diálogo fue abortado tempranamente.

Mientras tanto, las tasas de inflación se disparaban. Las estanterías de las tiendas se vaciaron y las colas para recibir paquetes de comida aumentaron. El 19 de abril de 2017, se calcula que 6 millones de venezolanos salieron a la calle en la que fue la mayor manifestación de la historia del país.

Exactamente 2066 venezolanos llegaron a Bélgica en 2020, y de ellos, 223 eligieron Amberes como su nuevo hogar.

Las numerosas manifestaciones que siguieron sacudieron el trono de Maduro, pero la pluma de la protesta se rompió al hacerlo. El intento de sabotear las elecciones parlamentarias amañadas de julio fracasó. Al mismo tiempo, creció el descontento con la impotente y a menudo igualmente oportunista oposición.

Al llegar julio de ese mismo año, al menos 165 manifestantes habían muerto, víctimas de las fuerzas del orden y de sus tropas de choque paramilitares. Lo que quedaba como antes eran las estanterías vacías de las tiendas, la corrupción astrosa, la violencia callejera, los atracos a plena luz del día. La última esperanza de cambio se había esfumado, y la primavera del pueblo sujetó definitiva.

Desde aquel desastroso año de 2017, según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), unos 5,6 millones de venezolanos abandonaron su país, de una población de como máximo 30 millones. Exactamente 2066 de ellos acabaron en Bélgica en 2020, y de ellos 223 eligieron Amberes como su nuevo hogar.

La cifra aumenta año tras año: en 2017 todavía eran 1.480 y 129 respectivamente, según Statbel, la oficina de estadística belga.

Un contable convertido en trabajador sexual

Jhosep era uno de ellos. En el paro por Colombia y Ecuador, acabó en Perú. Allí conoció a una mujer transexual ecuatoriana que llevaba tiempo viviendo en Amberes. En Amberes, aprendió Jhosep, se podía ganar dinero.

Ese dinero se necesitaba, y con urgencia. Mami sobrevivía con la mísera suma de tres euros al mes – el sueldo de su marido, un funcionario del gobierno. Lo justo para un cartón de huevos.

El trabajo sexual, la mujer lo sabía, era la clave para tener unos ingresos estables y generosos.

El trabajo sexual, la mujer lo sabía, era la clave de unos ingresos estables y generosos. Con un visado humanitario español, Jhosep entró en Amberes en julio de 2019. ‘Una ciudad de cuento de hadas’, pensó Jhosep en cuanto le enseñaron el Steen y el centro de la ciudad. Amberes todavía le recuerda a las películas que vio de pequeño en Caracas, la capital de Venuezuela.

Su historia plantea muchas preguntas. ¿Por qué no quedarse en España, donde el idioma le resulta más familiar a un venezolano que el holandés trabalenguas y degollador? ¿Por qué el trabajo sexual si es contable de formación?

© Arne Gillis

Amberes todavía le recuerda a Jhosep las películas que vio de pequeño en Caracas, la capital de Venuezuela.

Con un visado humanitario español, te dan comida y un lugar para dormir, pero no dinero. Y yo no podía permitirme dejar perecer a mi madre sin dinero’, explica simplemente. ‘En las dos semanas que estuve en España, también hice trabajo sexual. Pero aún no se han recuperado del todo de la crisis. A veces lo hacía por diez o veinte euros.’

‘En Bélgica todo es posible. Puedo enseñarte lugares de Amberes que no sabías que existían.’

No, entonces prefiero Bélgica. Jhosep encuentra clientes en abundancia a través de Internet. ‘Por 100 euros la hora. A veces me quedo toda la noche. El otro día me fui con 1.500 euros’, sonríe. ‘¿Tengo que calcular qué múltiplo es eso de mi sueldo de contable en Venezuela?’

Se armó de valor y le contó a su mami cómo se gana la vida. ‘Imagínate. Primero sales del armario y luego confiesas que follas por dinero. Pero ella respeta mi elección. Esa es mi suerte.’

En Bélgica, las mentes son mucho más abiertas que en la patria de Jhosep. ‘En Bélgica todo es posible. Puedo enseñarte lugares en Amberes que no sabías que existían. Cuartos oscuros con una habitación entera dedicada al fisting, lo que sea. Hace que se te salgan los ojos de la cabeza.’

El gran problema para Jhosep es que, en su pequeño mundo, la mayoría de la gente está enganchada a las drogas. ‘Mi único pecado es el cigarrillo. Pero pronto me di cuenta de que los clientes se quedan más tiempo si se drogan. Y se sienten más cómodos si yo también lo hago. Así que de vez en cuando consumo coca. Así gano más.

Hay un brillo inconfundible en los ojos de este hombre, sentado en un banco de una Groenplaats lloviznada. La esperanza de un futuro mejor crece. Le pregunto al respecto.

‘No me malinterpreten: no me gusta mi trabajo. Pero por ahora es la única forma de ayudar a mi familia. Estoy ahorrando para abrir un puesto de comida rápida de inspiración venezolana. Es increíble la pobreza en la oferta de snacks nocturnos aquí. Y todo sabe terriblemente mal. Voy a hacer algo al respecto.’

La brecha entre dos mundos

Faro de esperanza y prosperidad, Venezuela atrajo a millones de inmigrantes de todo el mundo en la década de 1950.

Como muchos países latinoamericanos, Venezuela tiene una cultura mestiza preeminente, derivada de miscere, la palabra latina que significa ‘mezclar’. Muchos venezolanos descienden de ancestros europeos, africanos, indígenas y, en menor medida, de Oriente Medio, pero el conjunto es más que la suma de sus partes.

Paul Vandenbroecke es la personificación de esta idea. Tan típicamente flamenco suena su nombre, así de venezolano es su corazón. En los años cincuenta, el padre de Vandenbroecke abandonó la desfavorecida Flandes y se fue a Venezuela, que en aquel momento era el tercer productor de petróleo del mundo. Como faro de esperanza y prosperidad, el país atrajo entonces a millones de inmigrantes de todo el mundo.

Los tiempos han cambiado. El hijo Vandenbroecke regresó con su familia a la patria que sólo conocía de unas vacaciones. ‘Es difícil establecerse aquí’, admite firmemente. ‘Mi situación es bastante extraña. Imagínese – tener que inscribirse en clases de neerlandés con un nombre flamenco. La gente suele pensar que intento engañarlo.’

En el trabajo de Paul, en Infrabel, sospecha que sus colegas hablan en un dialecto más explícito de Amberes a propósito. Luego se ríen de su impotencia. Entiende perfectamente a ‘drie’ (tres en neerlandés/flamenco estándar), pero con ‘drij’ (palabra dialecto de Amberes para ‘tres’) cae en la brecha entre dos mundos.

El limbo entre el pasado reciente y el pasado lejano no facilita la vida de Paul. ‘No me siento belga, porque tengo la sensación de que los belgas no me aceptan como uno de ellos. ¿Y un venezolano? El país ha cambiado’, dice.

‘Debió ocurrir alrededor de 2013’, recuerda Paul sobre ese cambio en Venezuela. ‘Fue entonces cuando la polarización empezó a dar paso a la rabia. Las conversaciones con los amigos sobre política empezaron a estancarse. La sociedad se fue enfermando poco a poco.’

Una sociedad de supervivencia

‘No me llevé nada. Tal y como me fui, llegué aquí.’

Estamos en casa de Paul, en compañía de su familia y de algunos amigos que han bajado de su nueva casa en la región de Kempen para la ocasión. En la mesa también está Yanet Fermín, diputada del bando de Juan Guaidó -el hombre que desde 2019 ha sido reconocido por más de 60 países como presidente legal de Venezuela-.

El compromiso político de Fermín le costó caro. A finales de 2019, miembros de la seguridad del Estado venezolano intentaron detenerla en su casa. Entraron violentamente en la casa en Caracas, donde apareció el propio Guaidó. Los agentes se marcharon a regañadientes, dejando a Fermín con el susto de su vida. Entonces se apresuró a abandonar su casa. Se instaló en casa de Guaidó durante quince días y luego encontró refugio y protección política en la embajada de Brasil. Cuatro meses más tarde abandonó su país con destino a Bélgica.

Fermín es la única diputada venezolana que vive en Bélgica. Todos los demás están actualmente en España.

‘El sistema se basa en la idea de que hay que quitarle algo al prójimo para sobrevivir.’

‘No me llevé nada. Tal y como me fui, llegué aquí. No tengo recuerdos tangibles de mi casa’, dice Fermín, que también es profesora, formada en la Cuba de Fidel Castro. Sin embargo, ahora le repugna el pensamiento izquierdista. ‘Estamos a punto de perder la tercera generación por el horror del chavismo.’

Todo era diferente. Uno de los venezolanos de la mesa se atreve a admitir que alguna vez sintió curiosidad por el proyecto político del entonces relativamente desconocido teniente-coronel Hugo Chávez, el hombre que se convertiría en presidente en 1999.

Mientras tanto, se reparte un plato de tequeños – bocados fritos con queso. ‘El núcleo de la sociedad venezolana ahora es: la supervivencia. Y el sistema se basa en la idea de que hay que quitarle algo al prójimo para sobrevivir’, dice Paul. Cuenta historias sobre cómo era antes, cuando viajaba por el país como representante y encontraba hospitalidad y alegría en todas partes.

© Arne Gillis

 

En Facebook, a Paul le gusta compartir fotos en las que aplaude la belleza de la patria. Las majestuosas mesetas de la Gran Sabana, las playas del norte con colores que no sabía que existían, la Perla de esto, la Reina de aquello. Contrasta fuertemente con aquello Turnhoutsebaan de marzo en Borgerhout, Amberes.

Lo que el país fue en su día frente a lo que ha llegado a ser. El dicho está entre el elogio y el lamento, con algunos destellos de esperanza, según con quién hable. Jhosep habla claro: ‘Ya no soy un venezolano puro y duro. Me encanta Bélgica, las reglas, la mentalidad abierta, las posibilidades.’

Como mucho, se irá de vacaciones a Venezuela durante unas semanas, si la situación lo permite. Pero preferiría traer a su madre a Bélgica. ‘Qué maravilloso sería’, reflexiona. Fermín también tiene dificultades. Todavía tiene dificultades con la pronunciación del neerlandés en su nuevo pueblo, cerca de Turnhout. ‘Mira, me estoy pingüinizando poco a poco’, se ríe, mientras se acurruca para hacer frente al frío.

Infierno burocrático

Luis, medio venezolano, medio dominicano, tiene un terreno más firme bajo sus pies. Suelo arenoso de Amberes, para ser exactos. Hace tiempo que vive en Bélgica, unos diez años.

Para obtener el permiso de residencia belga, tuvo que renovar su pasaporte venezolano hace unos años. ‘Un auténtico horror’, se estremece Luis. ‘En teoría, puede ir a la embajada en Bruselas. Pero el primer obstáculo es imposible de superar allí. Allí trabaja una mujer que se pasa el día puliéndose las uñas, creyendo que es una modelo de Dior.’

Lo que llama la atención es el poco contacto que existe entre los venezolanos.

No creía que obtendría un resultado fructífero de esta y por eso Luis se fue a Venezuela a renovar su pasaporte. Una tarea que pensó que le llevaría unas semanas, acabó tardando dos años. Fue traicionado por su mejor amigo y robado. Todo ello le hizo darse cuenta de nuevo del poco futuro que tenía en Venezuela.

‘Me quedaré aquí. No hay nada como un verano belga’, sonríe Luis. Se mantiene con el trabajo en un café y tatuando en el circuito ilegal.

Lazos familiares

Lo que llama la atención es el poco contacto que existe entre los venezolanos. El contable/trabajador sexual Jhosep es el más categórico: simplemente evita a sus compatriotas. ‘Ya sabe lo que dicen, ¿no? La mayor amenaza para un inmigrante es su propio compatriota. Intentan quitártelo todo’.

Suena doloroso, como si hablara por experiencia. Pero Jhosep no da más detalles. ‘Mis amigos son colombianos, ecuatorianos, algunos belgas también. Intento vivir mi propia vida’, dice.

Esta actitud debe tener algo que ver con el trabajo de Jhosep; la prostitución homosexual no suele ser muy popular en la mayoritariamente conservadora y católica Venezuela. Pero incluso durante la reunión en casa de Paul, todo el mundo parece estar haciendo sus propias cosas.

‘A veces, algunos chicos venezolanos juegan juntos al béisbol en el parque Spoor Noord’, dice Luis. No tiene una explicación real para esta actitud tan testaruda. ‘Mira, es una comunidad joven. Los dominicanos de Amberes se mantienen unidos, se nota. Pero llevan mucho más tiempo viviendo aquí. ¿Tal vez el espíritu de la comunidad entre los venezolanos todavía tiene que crecer?’

Uno de los pocos lugares en Amberes que atiende específicamente a los venezolanos se llama Arepa Culture, en el corazón de la ciudad. Dirigido por Daniel, el establecimiento sirve una serie de platos típicos: arepas, pabellón, hallacas. Daniel abrió el local hace tres años. El año pasado se incorporó al equipo su sobrina Verónica, directamente procedente del estancamiento venezolano. La tía de Daniel vive en Amberes desde hace 25 años, lo que explica que haya acabado aquí.

Parece que lo que existe de espíritu comunitario venezolano es puramente por los lazos familiares. Bélgica, y mucho menos Amberes, no es una opción obvia para un venezolano en fuga. Acabas en Amberes porque tu familia ya vive allí.

O por pura coincidencia, como en el caso de Jhosep. No es casualidad que evite a otros venezolanos como la peste. Y lugares como Daniels Arepa Culture atraen a algunos compatriotas, pero la mayoría de los clientes son latinos de otros países: Colombia, Argentina. ‘No obstante, intento ayudar en lo que puedo’, dice Daniel. ‘Me gusta mostrar el camino a los compatriotas que acaban de llegar, con ayuda logística o incluso sólo con comida.’

© Arne Gillis

Daniel trabajando en Arepa Culture, uno de los pocos locales de Amberes que atiende específicamente a los venezolanos.

Dolores de crecimiento

¿Qué piensan los venezolanos de Amberes de Bélgica, su segunda patria? Por las conversaciones, parece que los belgas son criaturas extrañas, a sus ojos. Un poco tímidos, con miedo a lo desconocido. Una vez que se sienten cómodos, florecen.

El concepto de familia aquí parece ser una caja vacía espantosa, según los venezolanos con los que hablé. También son extraños los hábitos alimenticios: primero dos comidas frías a lo largo del día, y sólo comer caliente por la noche… ¿Mientras toda lógica grita que debería ser al revés? ¿Y por qué, por el amor de Dios, todo ese pan?

Los viejos hábitos son difíciles de erradicar. Pero parece claro que algo se ha roto. Llama la atención la poca fe que tienen los venezolanos de Amberes en los compatriotas que no conocen. El chavismo – escupido al unísono en esta comunidad venezolana – ha infligido profundas heridas hasta en Amberes.

Se ha perdido la confianza en los demás, y hará falta algo más que las bendiciones diarias para restaurarla. Lo que queda es el amor, el amor por lo que una vez fue.

Traducido por Brita Vandermeulen.

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